Luego de un proceso largo de tropiezos dolorosos entré en colapso interno. Llegué a sentirme víctima de personas y circunstancias que ahora agradezco porque me llevaron a crecer. Una serie de hechos fueron mi escuela para identificar riesgos, decidir mitigarlos o simplemente asumirlos y ser responsable de las consecuencias de cada decisión, en este caso, viajar sola.

Un día de frio en Lima (Perú), súbitamente, decidí viajar sola, manejando, a la casa de mis padres en Andahuaylas, Apurímac (Perú), ello implicaba aprox. 800 km de recorrido donde hay que atravesar costa, quebrada, puna y ladrones de camino, además de carreteras accidentadas durante aprox. 15 horas manejando.

Viajar a Andahuaylas es estar sin señal de teléfono ni radio, gran parte del recorrido, por lo que si no tienes tu playlist estás fregado. Y fregada estaba porque la radio de mi carro empezó a fallar y me quedé sin datos en el móvil. Me llené de cólera y frustración porque andaba manejando sola sin nada ni nadie que por lo menos haga bulla. Pisé el acelerador con la mayor intención de llegar rápido a mi destino.

En modo aburrimiento, empecé a cantar, grabar mis “podcast” con el celular, escucharlos y reírme mucho de lo que decía y de cómo lo hacía, así jugué a ser comediante, presentadora de radio, psicóloga, youtuber y hasta famosa viajera. “Jajaja” risas más, risas menos. ¿Estaba loca?, quién sabe.

De la nada, todo fue tan perfecto, fui consciente de que estaba atravesando una de las rutas más hermosas de mi país sola. Todo ese contexto hizo lo suyo: Ichu (paja de las alturas), más de 4500 msnm, vicuñas agrupadas (es raro verlas), menos de 5 grados centígrados, cielo azul puro y una carretera que me invitaba a seguir andando.

Decidí bajar la velocidad y disfrutar el camino, amé cada km recorrido, bajé a jugar con niños de las zonas rurales, disfrutaba viendo los rebaños. Decidí mojar mis pies en el rio que muchas veces sólo miraba, hice una pausa para meditar y agradecí por ese hermoso momento que el universo había preparado para mí. Todo me parecía bonito y era porque así lo quería ver.

Para cuando llegué a Andahuaylas había hecho de aquél viaje el más bonito recuerdo que guardaré de mis inicios como viajera sola. Le di valor al tiempo conmigo, sin que nadie me diga a dónde ir, a qué ritmo, con quiénes o cómo hacerlo. Sentí volar y sólo fluir como el viento y el agua: En plenitud.

Desde entonces, mis viajes sola no han sido los mismos, estos se han convertido en un proceso de aprendizaje interno, tomando prestado cada estimulo exterior para darle un significado que me lleve pulir un poquito más de mí interior.

Viajar sola no es estar sola, la vida nunca te deja sola, siempre te pone seres maravillosos alrededor y te reta a que seas muy cuidadosa, intuitiva y de rápida reacción también porque no todo el color de rosa, el hecho de viajar sola implica una gran responsabilidad porque llevas lo más bonito que tienes: Tú.

Al hacerlo, asumimos el riesgo de vivir e intentar fluir desde nuestro corazón, es un acto de valentía, amor propio y empoderamiento. El riesgo es muy alto siendo mujeres y aparentemente frágiles. Lamentablemente, me secuestraron en Monterrey (México) producto de mi descuido y de gente que, independiente de la nacionalidad y el lugar donde te encuentres, tratará se sacar provecho de personas vulnerables. Es parte de la realidad a la que nos enfrentamos, más no por eso vamos a dejar de viajar, pero sí ser conscientes de que nadie nos va a cuidar más que nosotras mismas externa e internamente.

Desde mi perspectiva, viajar sola no implica necesariamente salir de tu ciudad o país. Para mí, viajar sola empieza y significa atreverse a hacer cosas sin la necesidad de depender de nadie, de no poner un “es que no tengo con quién ir” para hacer aquello que realmente anhelas: Tomar un café, hacer el trip de tu ciudad, al cine, a tu restaurant favorito y, por qué no, cruzar países y descubrir el mundo. Viajar sola es un proceso interno y el destino es la excusa para hacerlo.